Bilbao esta Navidad ha sido ciudad de crisis, pero también de magia. La navidad ha devuelto ilusión y brillo a sus calles, despertando inquietudes, destapando deseos, dibujando sonrisas.
Y, de la mano de la navidad, viene un señor con aires de montaña, corpulento, con restos de carbón en su piel y un rostro escondido entre barba blanca y una pipa, adorado por los niños vascos pero, sobre todo, esperado, Olentzero.
La gran estrella de la navidad pasó fugazmente el viernes 23 de diciembre por las calles de Bilbao. La Gran Vía, ansiosa y ruidosa, iba estrechándose a medida que se acercaban las siete de la tarde hasta dejarle espacio justo al pasillo del anfitrión. Todos los niños querían verle y ser los afortunados de recibir un saludo, un giño o un beso suyo.
La cabalgata se inició, puntual, en la plaza Moyúa, para terminar su recorrido en el Teatro Arriaga, donde se bajaron tanto el Olentzero como su novia -Mari Domingi- para reunirse con Iñaki Azkuna, alcalde de Bilbao y representante más fiel de la ciudad, y deleitar al público con canciones y villancicos.
Ni la lluvia ni, por supuesto, la crisis, restaron importancia y concurrencia al evento y, lejos de apagar la magia y calidez, la cabalgata supuso todo un desfile de alegría y diversión y un despliegue de la cultura vasca. Olentzero paseó subido a un caballo de madera y acompañado, no sólo de Mari Domingi, sino también de zanpantzarras, galtzagorris, gigantes, gaiteros y atabaleros, que animaron el espectáculo. “Estamos muy emocionadas por verle y esperamos que nos traiga todo lo que le hemos pedido en la carta”, confesaron eufóricas Nerea y Alba, dos niñas de 5 y 6 años.
Desde luego Olentzero no decepcionó a los bilbaínos con su desfile. Ahora sólo falta que tenga el mismo estilo en la entrega de regalos.
Los zanpantzarras abrieron la cabalgata, siendo así los encargados de anunciar no sólo con su presencia sino también con sus campanadas, la llegada de Olentzero. Estos pastores de caserío
se movían en grupo, haciendo retumbar los cencerros que llevaban a su espalda y representando un aspecto distintivo de la cultura vasca.
El furor ya empezó a surgir con el comienzo de los primeros participantes que entraron a golpe de cencerro. Los padres avisaban a sus hijos y estos enloquecieron de alegría nada más oír el campanazo de salida. Lo más importante era tener un sitio en primera fila para poder ver de cerca el desfile y disfrutarlo más intensamente.
Basajaun, el incondicional amigo de Olentzero, compañero de los bosques, fue uno de los primeros en pisar la alfombra roja, pedaleando subido a un triciclo de madera. Su altura era espectacular y consiguió impresionar a los transeúntes como un gigante que iba a recorrer la pequeña Gran Vía.
La presencia de Basajaun fue intensificada con el humo que se lanzaba a su paso y que otorgaba un aire misterioso a su peculiar rostro, cuyo brillo estaba encerrado en sus ojos verdes. Algunos niños se asustaron con la expresión de este personaje salido de entre los bosques, otros se emocionaron.
De entre el humo intrigante y misterioso, salieron una colección de gigantes llegados desde los caseríos vascos, fieles representantes de la cultura local. Caminaban al ritmo de gaitas y acordeones, entremezclándose y girando al compás.
Aparecieron más adelante los traviesos ayudantes de Olentzero que avivaron el ambiente con destellos de fuego y bengalas y animaron al público con dinámicos espectáculos de baile.
Envolvieron la Gran Vía de un humo multicolor que se revolvía entre los niños y destapaba curiosidad y emoción.
Y por fin llegó Olentzero, el personaje más esperado del desfile que se abrió paso por la Gran Vía con un enorme caballo de madera de 4 metros de largo y 5 de alto, despertando la euforia de los más pequeños, y de los más mayores. Desde su carroza, saludaba hacia los dos lados y lanzaba besos sin olvidar ninguno de sus seguidores.
Este año este baserritarra, carbonero, de pipa y barba, desfiló con más estilo y elegancia, modernizando su figura, cosmopolitizándola y arreglándola sin duda para la gran ciudad.
Camisa limpia, barba blanca, caballo esbelto y un saludo propio de un héroe.
Los más pequeños le observaban expectantes y con ilusión en la mirada. Algunos echaron de menos sus caramelos pero lo que no les faltó seguro fue el cariño de su olentzero que acudió a la cita como todos los años pero, esta vez, un día antes de Noche Buena.
Como en los últimos años y reforzado por ese intento de modernización, Olentzero no acudió solo al evento. Atravesó el corazón de Bilbao acompañado –aunque una carroza detrás- de su amada Mari Domingi, una figura introducida recientemente en este evento con el fin de incluir a la mujer y restarle en cierto modo relevancia al hombre que siempre cobra todo el protagonismo.
Mari Domingi paseó subida en una oca elegante y de madera, y no paró de devolver los saludos y besos que lanzaban los niños a su paso. Pelo y labios rojo fuego y atuendos blancos acorde a su estilo y a la cultura que representa.
Y para estos gigantes, o, en su defecto, personajes subidos a gigantes carrozas, la Gran Vía de Bilbao era una calle estrecha ocupada por miles de pequeñas hormigas que llevaban a sus hombros otras más pequeñas que ellas.
Pero los niños no se conformaron con ver a Olentzero desde su caballo y siguieron su carroza hasta el teatro Arriaga para verle bajar y que, con suerte, escuchase alguno de sus deseos o recibiese alguna de las miles de cartas. Y es que por la noche se iban a quedar sin verle…
Y por supuesto, quienes no pudieron faltar al evento y siguieron también a Olentzero hasta el final de su recorrido, fueron los medios de comunicación. Se revolvieron entre los personajes del desfile y dieron voz a los niños para que sus peticiones y deseos tuviesen más eco y llegaran más lejos -quizás incluso hasta los oídos de los Reyes Magos de Oriente.

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